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Apostasía en la Iglesia Adventista

Unificar y no separar
(Un asunto corporativo - parte I)

TODOS LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA, especialmente los que son más conservadores, creen que vivimos en el día antitípico de expiación. Algunos que se inclinan un poco más hacia la derecha han señalado esta gran ver­dad como justificación por tomar la posición de separarse de la iglesia.

El razonamiento es más o menos así:
"Vivimos ahora en el solemne y antitípico día de expiación. En el antiguo tipo, Israel ponía fuera del campamento todos sus pecados en ese día, para poder recibir la expiación final. La iglesia organizada no está involucrándose en esta obra de purificación. Hay peca­do en el campamento, por lo tanto, debemos separar­nos del campamento y buscar al Señor individualmen­te".

Hay por lo menos un problema con esta línea de razonamiento: el día de expiación no era, fundamental­mente, un día individual. Era un asunto corporativo.

Permítanme explicarme.
El servicio del santuario estaba dividido en dos fases de ministerio: (l) el servicio diario y (2) el servicio anual.

El servicio diario era, en realidad, un servicio indivi­dual. Día tras día, a través de todo el año, los hijos de Israel traían sus sacrificios individuales al santuario. Cada pecador manifestaba arrepentimiento personal y hacía confesión personal, por sus transgresiones de la ley de Dios. El servicio no tenía nada, o muy poco, que ver con la iglesia judía como cuerpo. El interés princi­pal era la posición personal delante de Dios.

El día de expiación tenía un enfoque diferente. En ese solemne día, cada año, toda la congregación tenía que presentarse delante de Dios como un solo hombre, como un cuerpo organizado. En vez de que cada uno trajera un sacrificio individual por sus pecados, se hacía un solo sacrificio por todo el pueblo, como si todos compartieran la misma culpa; y, de hecho, la compartían, lo cual era precisamente el punto impor­tante. Nadie se apartaba pretendiendo tener una mejor posición que el cuerpo como un todo. Nadie intentaba acercarse a Dios por su lado para recibir lo que el día de expiación ofrecía. De hecho, cualquiera que se nega­ra a responder al llamamiento para aproximarse en forma unida a Dios era cortado de su pueblo como un alma perdida. Oh, sí, había una preparación personal necesaria para el día, pero el punto es que cuando el día llegaba finalmente, era un asunto corporativo.

El profeta Joel nos ayuda a comprender el enfoque corporativo del día de expiación:

"Tocad trompeta en Sion, proclamad ayuno, convo­cad asamblea, reunid al pueblo, santificad la reunión, juntad a los ancianos, congregad a los niños y a los que maman, salga de su cámara el novio, y de su tálamo la novia. Entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes ministros de Jehová, y digan: Perdona, oh Jehová, a tu pueblo, y no entregues al oprobio a tu heredad, para que las naciones se enseñoreen de ella. ¿Por qué han de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios? Y Jehová, solícito por su tierra, perdonará a su pueblo. Responderá Jehová, y dirá a su pueblo: He aquí yo os envío pan, mosto y aceite, y seréis saciados de ellos; y nunca más os pondré en oprobio entre las naciones...

"Tierra, no temas; alégrate y gózate, porque Jehová hará grandes cosas. Animales del campo, no temáis; porque los pastos del desierto reverdecerán, porque los árboles llevarán su fruto, la higuera y la vid darán sus frutos. Vosotros también, hijos de Sion, alegraos y goza­os en Jehová vuestro Dios; porque os ha dado la pri­mera lluvia a su tiempo, y hará descender sobre voso­tros lluvia temprana y tardía como al principio. Las eras se llenarán de trigo, y los lagares rebosarán de vino y aceite. Comeréis hasta saciaras, y alabaréis el nombre de vuestro Dios, el cual hizo maravillas con vosotros; y nunca jamás será mi pueblo avergonzado. Y conoceréis que en medio de Israel estoy yo, y que soy Jehová vues­tro Dios, y no hay otro; y mi pueblo nunca más será avergonzado" (Joel 2:15-19, 21-23, 26, 27).

Una cuidadosa consideración de esta profecía arroja una luz muy valiosa sobre los propósitos que Dios tenía en el gran día de expiación. Revela, también, la forma en que deberíamos conducirnos en vista de ese gran propósito. Hay tres puntos vitales que quiero destacar:

1. Un llamamiento a unificar, no a separar:
De acuerdo con la profecía de Joel, la trompeta de la verdad debe resonar "en Sion", no por mensajeros auto­-nombrados, que tocan cada cual por su lado. El men­saje del Señor debe oírse en la iglesia, proclamado por aquellos que son claramente identificados como parte del cuerpo organizado. Joel es claro, también, porque dice que conoceremos el sonido de la trompeta, porque llama a la iglesia a "reunirse" para unificarse como pue­blo delante del Señor, no para fragmentarse en átomos independientes.

El propósito del proceso de unidad es "santificar la reunión". No es meramente una santificación personal la que buscamos, por importante que esto sea, sino la santificación de la iglesia como cuerpo. Dios, con el pro­pósito de cumplir su gran propósito en la controversia entre el bien y el mal, debe tener más que una persona santificada aquí y otra allá. Él llama a un pueblo santi­ficado, un cuerpo de individuos que se unen como un solo hombre para demostrar el poder transformador de la gracia divina.

2. Un espíritu de intercesión, no de condenación:
El versículo 17 nos enseña la actitud que debemos poseer en este gran día de expiación. La profecía de Joel reconoce que la iglesia no está en una posición correc­ta con Dios. Y sin embargo, nos alienta a entrar en un espíritu de intercesión en favor de la iglesia. La oración intercesora es el medio divinamente señalado para corregir esta situación. Joel invita a manifestar un espí­ritu que llora y clama pidiendo la aceptación del Señor para su pueblo defectuoso, en vez de un espíritu que lo condene a la destrucción.

Aquellos que se involucran en el espíritu de interce­sión descrito por Joel lo hacen porque reconocen que el honor de Dios está en juego. Su preocupación principal es que los incrédulos no encuentren motivo para bur­larse diciendo "¿Dónde está su Dios?" Porque si la igle­sia fracasara, la reputación del Señor a quien preten­demos representar, caería en oprobio delante del mundo. Su verdad, su ley, su oferta de salvación, serí­an puestas a un lado junto con la iglesia misma.

3. Un futuro de triunfos, no de derrota:
La profecía de Joel está llena de esperanza. De acuerdo con su inspirada percepción, Dios "perdonará a su pueblo" en respuesta al espíritu de intercesión en su favor. No sólo tendrá piedad, sino que bendecirá abundantemente a la iglesia con "trigo y aceite y vino", que son los símbolos de la riqueza espiritual. "Jehová hará grandes cosas" por su amado pueblo. Hará que la iglesia "lleve fruto... y manifieste su fuerza". Tendrá un reavivamiento y recibirá el tan esperado derramamiento del Espíritu Santo en el poder de la "lluvia tardía". El Señor tratará maravillosamente con su pueblo, prome­te Joel, y ellos "alabarán el nombre del Señor". La igle­sia se levantará y brillará con la radiante luz de la pre­sencia de Dios y "nunca más será avergonzada" otra vez.

Es cierto, y no debe olvidarse, que somos salvos como creyentes espirituales en Cristo, no cómo una denominación. "Ningún nombre denominacional tiene virtud alguna para procurarnos el favor de Dios. Somos salvados individualmente como creyentes en el Señor Jesucristo" (Review and Herald, 10 de febrero de 1891). Pero como adventistas del séptimo día que vivimos en el día de expiación, hay algo que debe florecer en nuestro corazón que es de mucha mayor importancia que nues­tro boleto personal para ir al cielo. El asunto de mayor importancia es el honor de Dios, la vindicación de su carácter. Y un pueblo unido, atado con los lazos del amor, es el testimonio más persuasivo en favor del carácter de Dios que se puede dar al mundo.

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- Ty Gibson, es director asociado de Light Bearers Ministry que tiene sus oficinas en el noreste de Washington.
- Autor del valiosísimo libro: “Si hay apostasía en la iglesia, ¿Debemos abandonar el Barco?”
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