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La mundanalidad en la música

No es seguro que los obreros de Dios tomen parte en las diversiones mundanas. Algunos que observan el sábado consideran que la asociación con la mundanalidad en materia de música es inofensiva; pero los tales se hallan en terreno peligroso. Satanás trata así de desviar a hombres y mujeres, y en esta forma ha obtenido el dominio sobre sus almas. Tan suave es la manera de obrar del enemigo, tan insospechable parece, que no se perciben sus ardides, y muchos miembros de iglesia se convierten en amantes de los placeres más que de Dios (Manuscrito 82, 1900).

Se me mostró el caso del Hno. U: que él sería una carga para la iglesia a menos que llegara a tener una relación más estrecha con Dios. Él se ha autoenvanecido. Si se hace alguna observación sobre su proceder, se siente herido. Si cree que se ha preferido a otro en lugar de él, lo toma como una injuria que se le ha hecho...

El Hno. U tiene un buen conocimiento de música, pero su educación musical ha sido de una naturaleza tal como para actuar en un escenario más bien que para el solemne culto de Dios. El canto es un acto de adoración a Dios en una reunión religiosa tanto como lo es el hablar; y cualquier rareza o peculiaridad cultivada atrae la atención de la gente y destruye la impresión seria y solemne que debe ser el resultado de la música sagrada. Cualquier cosa extraña o excéntrica en el canto desvía la mente del carácter serio y sagrado del servicio religioso.

Música dignificada, solemne e impresionante.
El ejercicio corporal para poco aprovecha. Cualquier cosa que esté relacionada de alguna manera con el culto religioso debe ser digno, solemne e impresionante. A Dios no le agrada cuando ministros que aseveran ser representantes de Cristo representan tan mal al Señor, y usan el cuerpo para hacer movimientos y adoptar actitudes ordinarias, ejecutando gestos indignos, toscos y no refinados. Todo esto divierte y estimula la curiosidad de los que desean ver cosas extrañas, raras y excitantes; pero estas cosas no elevarán las mentes y los corazones de los presentes.

Lo mismo puede decirse del canto. Ud. asume actitudes que no son dignas. Utiliza toda la potencia y el volumen que puede de la voz. Ahoga los acordes más finos y las notas de las voces más musicales que las suyas. Estos movimientos corporales y esta voz desagradable y alta, no constituyen ninguna melodía, ni para los que escuchan en la tierra ni para los que escuchan en el cielo. Tal forma de cantar es defectuosa y Dios no la acepta como una melodía perfecta, suave y dulce. No existen exhibiciones semejantes entre los ángeles como las que he visto a veces en nuestras reuniones. Esta clase de notas desagradables y gesticulaciones no se ven en el coro angelical. Sus himnos no rechinan en los oídos. El canto es suave y melodioso, y se hace sin este gran esfuerzo que yo he presenciado. No requiere tanto esfuerzo ni ejercicio físico


No se tocan sentimientos ni se subyuga el corazón.
El Hno. U no ve cuántos se divierten y cuántos se sienten disgustados. Algunos no pueden dominar pensamientos no muy sagrados y sentimientos de liviandad al ver los movimientos no refinados hechos en el canto. El Hno. U se exhibe a sí mismo. Sus cantos no tienen una influencia tal que subyugue los corazones y toque los sentimientos. Muchos han asistido a las reuniones y han escuchado las palabras de verdad habladas desde el púlpito, palabras que han convencido y solemnizado sus mentes; pero muchas veces la forma en que se canta no ha profundizado la impresión hecha. Las demostraciones y contorsiones corporales, la aparición de esfuerzos exagerados y forzados, han resultado tan fuera de lugar para la casa de Dios, tan cómicos, que las impresiones serias hechas sobre las mentes han sido quitadas. Los que creen la verdad no están a la altura de los pensamientos con que se los veía antes del canto.

Todas las cosas debían hacerse a su gusto.
El caso del Hno. U ha sido un caso difícil de manejar. Él ha sido como un niño indisciplinado y mal educado. Cuando se han levantado objeciones con respecto a su forma de obrar, en lugar de aceptar el reproche como una bendición, ha permitido que sus sentimientos dominaran en lugar de su mejor juicio, y se ha sentido desanimado y no ha querido hacer nada. Si no podía hacer todas las cosas como deseaba, si no se hacía todo a su gusto, se negaba totalmente a colaborar. No se dedicaba con fervor de la tarea de reformar su manera de proceder, sino que se entregaba a sentimientos de obstinación que lo separaban de los ángeles y hacían acudir a los malos espíritus a su alrededor. La verdad de Dios recibida en el corazón comienza su influencia refinadora y santificadora en el modo de vivir.

El Hno. U creía que cantar era más o menos lo más grande que puede hacerse en este mundo, y que él tenía una manera muy excelente de hacerlo.

Sus cantos están muy lejos de agradar al coro angelical. Imagínese a Ud. mismo en medio del grupo angélico elevando sus hombros, destacando sus palabras, contorsionando su cuerpo y elevando su voz hasta su máximo volumen. ¿Qué clase de concierto y de armonía hay en una exhibición tal hecha delante de los ángeles?

Los tonos más suaves son ahogados.
Su voz se ha oído en la iglesia en forma tan alta, tan desagradable, acompañada de sus gesticulaciones tan faltas de gracia, que los tonos más suaves y argentinos, parecidos a música angelical no se podían escuchar. Ud. ha cantado más para los hombres que para Dios. Al elevar su voz en altas notas por encima de la congregación, estaba meditando en la admiración que despertaba. Tenía en realidad un concepto tan sobresaliente de su forma de cantar, que hasta ha creído que debía ser remunerado por el ejercicio de ese don.
El amor a la alabanza ha sido el móvil principal de su vida. Este es un motivo indigno para un cristiano. Ud. ha querido ser mimado y alabado como un niño. Ha debido luchar mucho contra su propia naturaleza. Ha sido difícil para Ud. vencer sus debilidades habituales y vivir una vida santa, de negación del yo (Manuscrito 5, 1874). (Mensajes selectos, t. 3, pp. 379-383)

 
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